Intentó buscar refugio de la tormenta, pero en la inmensidad de esos campos sería inútil. Siguió por el sendero encorbado, cruzando las manos sobre su pecho y corriendo lo más fuerte posible. Pero el viento soplaba en contra y cada vez lo hacía más fuerte. El agua caía de una manera tan intensa que ya no podía ver más que a metros y los rayos, poderosos y crueles, se reflejaban en la misma lluvia, creando un resplandor que cegaba a Dante. El estruendo le daba pánico. Ya no podía seguir, optó por acurrucarse a un costado del camino, donde las plantas de lavanda, castigadas por el vendaval se acostaban unas sobre otras.
En posición fetal, se arroyó cuanto pudo. Con su cabeza sobre el barro, comenzó a llorar. Debía ser por sentirse inseguro, a la deriva. Ningún mal lo adolía, sin embargo, tenía muchas ganas de llorar. Lo hacía despacio, sintiendo como sus lágrimas se unían con las gotas que caían, mezclandose, yendo directamente hacia el lodo.
Perdió la noción del tiempo. La lluvia iba menguando, como si se acercase el ojo de la tormenta. Con las últimas gotas resonaba en su cabeza una canción de cuna, pero como si estuviese cantada por hadas, con dulces y agudas voces. No conocía esa canción, pero le gustaba, lo tranquilizaba.
Se levanto lentamente e intentó escurrirse sus ropas. El cielo ahora era blanco, con ese resplandor que obliga a achicar los ojos. Lo único que tenía color era esa nube con forma de muerte, que lo señalaba con su índice.
Volvió a caminar, sintiendo el peso de su ropa mojada, que también tenía barro. Siguió por aquel sendero en dirección al sur. El paisaje apenas cambiaba. A su lado aún había flores, sólo que hacia el horizonte se divisaban algunas montañas y a su derecha una especie de cabaña muy precaria.
Golpeó la puerta despacio, con miedo a derribar aquella puerta muy similar a la de su departamento. Se entreabrío. Dijo un "hola" un tanto ahogado y al no escuchar respuesta entró. Desde afuera no se entendía como fue capaz de mantenerse en pie en semejante temporal, pero por dentro se veía fuerte aunque sencilla. Se quitó toda su ropa y luego tomó una manta para abrigarse. La temperatura disminuía considerablemente. Decidió hacer fuego con los pedazos de tronco de la chimenea, pero su encendedor estaba arruinado y no encontraba fósforos por ningún sitio. Para ser sinceros tampoco buscó mucho, no se sentía a gusto revolviendo las pocas cosas que contenía la cabaña. Odiaba cuando Marta revisaba su escritorio en busca de algún ganchito.
Notó que la tormenta se reanudaba. Volvió a tenderse, pero no el suelo de madera, sino en la alfombra. Se tapó de pies a cabeza y recordando la dulce melodía de las hadas, cerró sus ojos
Los cuentos son...
El sueño.
La historia de un chico que, agotado por su triste vida, duerme y sueña cosas que jamás habría imaginado, aún cosas simples, como ver el atardecer.
Problemas de comunicación.
La misma historia, el mismo hecho. Como dos personas ven su relación desde puntos de vistas diferentes. Lo que piensan y callan.
8:36.
Un asesino a sueldo murió. Pese a que siempre vivió de la muerte, todavía no entiende cómo es estar muerto. Y su celular solo marca una hora: 8:36
La historia de un chico que, agotado por su triste vida, duerme y sueña cosas que jamás habría imaginado, aún cosas simples, como ver el atardecer.
Problemas de comunicación.
La misma historia, el mismo hecho. Como dos personas ven su relación desde puntos de vistas diferentes. Lo que piensan y callan.
8:36.
Un asesino a sueldo murió. Pese a que siempre vivió de la muerte, todavía no entiende cómo es estar muerto. Y su celular solo marca una hora: 8:36
Problemas de comunicación. Capítulo lll: "La boda" (primera parte)
Está bien. Esto de casarse no es tan malo. De hecho es bueno, yo lo quiero, aunque no lo amo. Tengo derecho a un instante de duda. Son los nervios. Pasa que fueron dos meses muy estresantes. Sí, dos meses. Mi familia y la de él, planearon un casamiento en dos meses.
Fue una seguidilla de acontecimientos increíbles: "mamá, estoy embarazada"; "suegra, estoy embarazada"; "sí, nos vamos a casar"; "no, queremos algo sencillo"; "está bien, no le vamos a decir a nadie que estoy embarazada hasta que no nos casemos"; "mamá, no vamos a invitar a la Tía Berta, es una vieja que lo único que quiere es meter púas, vieja frígida"; "¿quién? No, no lo conozco"; "gracias, pero vamos a vivir en el departamento de él"; "ay, me caso la semana que viene"... No fue normal.
Tampoco es un gran casamiento. No despedidas de solteros, no luna de miel, ni siquiera la gran fiesta. Ojo, no me quejo, nunca soñe con el gran casamiento. Se me hace que es chabacano. No sirve más que para aparentar que todos son felices. No me va.
Más bien todo el casamiento es para... para que mamá no se sienta "humillada" y pelotudeces de ese calibre. Ella siempre fue tan prejuiciosa que ahora que le tocó, no sabe en que hueco esconderse...
Ya llegamos. Que nervios. Que vestido de mierda. Un casamiento pedorro y un vestido como para Carmen Barbieri. A quién se le ocurre... Ah, sí, a mi suegra. Otra vieja. Nunca me la banqué mucho que digamos.
Me lo imaginaba: la trágica marcha nupcial. Deberían cambiar un poco el repertorio y... la puta madre vestido del orto que se engancha en el taco. Mi viejo me mira de reojo. Sabe que por dentro estoy puteando, pero me la aguanto. De la boquita para afuera soy una señorita.
Llegué. Mi viejo se va y ahí están los divinos de Mario y José. Y él. Se le nota que está nervioso.
Bla, bla, bla. El cura y su bla bla bla. Si por mí fuera diría NO. Pero no puedo.
Ayyyy. La panza. Con tanto nervio y espamento me está empezando a doler. Auch. No sé que mierda passss.
"Sí, acepto". Ughhh...
Anillos, miradas. El beso. Por fin. Soy libre... bueno, en realidad, todo lo contrario...
Fue una seguidilla de acontecimientos increíbles: "mamá, estoy embarazada"; "suegra, estoy embarazada"; "sí, nos vamos a casar"; "no, queremos algo sencillo"; "está bien, no le vamos a decir a nadie que estoy embarazada hasta que no nos casemos"; "mamá, no vamos a invitar a la Tía Berta, es una vieja que lo único que quiere es meter púas, vieja frígida"; "¿quién? No, no lo conozco"; "gracias, pero vamos a vivir en el departamento de él"; "ay, me caso la semana que viene"... No fue normal.
Tampoco es un gran casamiento. No despedidas de solteros, no luna de miel, ni siquiera la gran fiesta. Ojo, no me quejo, nunca soñe con el gran casamiento. Se me hace que es chabacano. No sirve más que para aparentar que todos son felices. No me va.
Más bien todo el casamiento es para... para que mamá no se sienta "humillada" y pelotudeces de ese calibre. Ella siempre fue tan prejuiciosa que ahora que le tocó, no sabe en que hueco esconderse...
Ya llegamos. Que nervios. Que vestido de mierda. Un casamiento pedorro y un vestido como para Carmen Barbieri. A quién se le ocurre... Ah, sí, a mi suegra. Otra vieja. Nunca me la banqué mucho que digamos.
Me lo imaginaba: la trágica marcha nupcial. Deberían cambiar un poco el repertorio y... la puta madre vestido del orto que se engancha en el taco. Mi viejo me mira de reojo. Sabe que por dentro estoy puteando, pero me la aguanto. De la boquita para afuera soy una señorita.
Llegué. Mi viejo se va y ahí están los divinos de Mario y José. Y él. Se le nota que está nervioso.
Bla, bla, bla. El cura y su bla bla bla. Si por mí fuera diría NO. Pero no puedo.
Ayyyy. La panza. Con tanto nervio y espamento me está empezando a doler. Auch. No sé que mierda passss.
"Sí, acepto". Ughhh...
Anillos, miradas. El beso. Por fin. Soy libre... bueno, en realidad, todo lo contrario...
El sueño. Capítulo ll: "Campos de lavanda".
Miró a su alrededor. El paisaje era inmenso. Estaba en medio de un prado cubierto de un color violeta. Lo único que sobresalía era un árbol, muy lejos de donde él estaba. No supo distinguir que árbol era.Un sendero de tierra recorría por el medio los campos de lavanda. El perfume de las flores mezclado con la pureza del aire daba una sensación de paz que nunca había sentido.
El sol brillaba en medio de un cielo. Las nubes contrastaban con el celeste del cielo. Tuvo la impresión de haber estado allí antes. En realidad era muy similar a una estancia que él visitaba de niño, junto con sus padres.
Comenzó a caminar por el sendero acariciando las lavandas con su mano derecha. Era muy suave. El efecto le producía cierta felicidad, mezclada con nostalgia. La brisa en su rostro, el ruido de las plantas que se mecían con el céfiro. Todo era perfecto.
Palpó su bolsillo. Traía consigo sus cigarrillos. Prendió uno, tapando a la llama del viento con sus manos. Siguió caminando, besando a las flores con su mano derecha. La tranquilidad de aquel sitio era enorme. Daba algunos pasos con los ojos cerrados, respirando bien profundo, sintiendo la fragancia de las flores. Llegó a pensar que su adicción arruinaba aquel paraíso, pero ya estaba fumando.
Caminó durante horas, pero el sol no bajaba. El prado no parecía tener fin. Ya no divisaba el árbol, había quedado kilómetros atrás.
De pronto el viento se hizo más fuerte, las nubes grandes y grises taparon el cielo, el sol. Su cuerpo sentía la humedad del ambiente. Un rayo partió el horizonte, probocando un estruendo enorme. Y cuando el ruido cesó, comenzó a llover.
El sol brillaba en medio de un cielo. Las nubes contrastaban con el celeste del cielo. Tuvo la impresión de haber estado allí antes. En realidad era muy similar a una estancia que él visitaba de niño, junto con sus padres.
Comenzó a caminar por el sendero acariciando las lavandas con su mano derecha. Era muy suave. El efecto le producía cierta felicidad, mezclada con nostalgia. La brisa en su rostro, el ruido de las plantas que se mecían con el céfiro. Todo era perfecto.
Palpó su bolsillo. Traía consigo sus cigarrillos. Prendió uno, tapando a la llama del viento con sus manos. Siguió caminando, besando a las flores con su mano derecha. La tranquilidad de aquel sitio era enorme. Daba algunos pasos con los ojos cerrados, respirando bien profundo, sintiendo la fragancia de las flores. Llegó a pensar que su adicción arruinaba aquel paraíso, pero ya estaba fumando.
Caminó durante horas, pero el sol no bajaba. El prado no parecía tener fin. Ya no divisaba el árbol, había quedado kilómetros atrás.
De pronto el viento se hizo más fuerte, las nubes grandes y grises taparon el cielo, el sol. Su cuerpo sentía la humedad del ambiente. Un rayo partió el horizonte, probocando un estruendo enorme. Y cuando el ruido cesó, comenzó a llover.
8:36. 1° Parte
Se despertó más tarde de lo habitual. Se dió cuenta por el resplandor que entraba por la ventana. Miro el reloj en su celular. 8:36, decía el teléfono. Decidió, ya que estaba acostado, quedarse un rato más desperezándose. Volvió a mirar el teléfono. 8:36, decía el teléfono.
Fue ahí cuando se dio cuenta de que estaba muerto. Y sí, era obvio. Porque los relojes digitales no atrasan y menos se paran. Si hubiese tenido un reloj a cuerda, un reloj pedorro o lo que fuere... Pero su celular seguía funcionando, sólo que decía 8:36.
¡Qué extraño se siente estar muerto! En realidad, no sentía nada fuera de lo común. Bueno, se sentía un poco desilucionado. Por supuesto no iban a bajar un coro de ángeles a llevarlo. No con su profesión. Es más, siempre pensó que Satán vendría por él, a llevarlo en sus manos. No por ego, sino porque había oido que a los asesinos a sueldo viene a buscarlos personalmente.
Pero no conocía a nadie que realmente haya estado muerto. Es decir, nadie conoce a alguien que pueda afirmar como es estar muerto, porque quienes experimentaron tal sensación... están muertos. Algunos pueden decir que existe el más allá, el infierno, la reencarnación. No hay garantías. Y muchos menos para él, que estaba muerto con un teléfono que marcaba las 8:36.
Estar muerto era extraño. Tenía hambre, aunque no entendía como... recordemos, estaba muerto. Justo no había más leche. Tendría que ir a comprar, aunque se preguntaba si los vivos podrían verlo. Como no sabía las reglas, decidió vestirse. Una persona tan seria como él no querría arriesgarse a que lo vean en ropa de cama, aún después de la vida.
Se cruzó al supermercado de enfrente. Entró sin saludar, como todas las mañanas, tomó una caja de leche y se acercó a la caja. La cajera sólo se limaba las uñas. Él prefería ir al supermercado temprano porque no iba mucha gente. A esa hora, la cajera siempre le dedicaba el tiempo a sus uñas, hundida en sus pensamientos. Esta vez no lo vio. Hizo una modesta seña, luego se le acercó a la cara. Terminó por tocarle el brazo. Pero no lo vio. Claro, recordó, estaba muerto.
Fue ahí cuando se dio cuenta de que estaba muerto. Y sí, era obvio. Porque los relojes digitales no atrasan y menos se paran. Si hubiese tenido un reloj a cuerda, un reloj pedorro o lo que fuere... Pero su celular seguía funcionando, sólo que decía 8:36.
¡Qué extraño se siente estar muerto! En realidad, no sentía nada fuera de lo común. Bueno, se sentía un poco desilucionado. Por supuesto no iban a bajar un coro de ángeles a llevarlo. No con su profesión. Es más, siempre pensó que Satán vendría por él, a llevarlo en sus manos. No por ego, sino porque había oido que a los asesinos a sueldo viene a buscarlos personalmente.
Pero no conocía a nadie que realmente haya estado muerto. Es decir, nadie conoce a alguien que pueda afirmar como es estar muerto, porque quienes experimentaron tal sensación... están muertos. Algunos pueden decir que existe el más allá, el infierno, la reencarnación. No hay garantías. Y muchos menos para él, que estaba muerto con un teléfono que marcaba las 8:36.
Estar muerto era extraño. Tenía hambre, aunque no entendía como... recordemos, estaba muerto. Justo no había más leche. Tendría que ir a comprar, aunque se preguntaba si los vivos podrían verlo. Como no sabía las reglas, decidió vestirse. Una persona tan seria como él no querría arriesgarse a que lo vean en ropa de cama, aún después de la vida.
Se cruzó al supermercado de enfrente. Entró sin saludar, como todas las mañanas, tomó una caja de leche y se acercó a la caja. La cajera sólo se limaba las uñas. Él prefería ir al supermercado temprano porque no iba mucha gente. A esa hora, la cajera siempre le dedicaba el tiempo a sus uñas, hundida en sus pensamientos. Esta vez no lo vio. Hizo una modesta seña, luego se le acercó a la cara. Terminó por tocarle el brazo. Pero no lo vio. Claro, recordó, estaba muerto.
Problemas de comunicación. Capítulo ll: "Ella que no llega"
Dicen que las novias siempre llegan tarde, es como una tradición, como la de que el novio no puede ver el vestido. Pero, ¡mierda! ¿por qué se tarda tanto?. O sea, ¿no se da cuenta que estoy cagado hasta las patas?
Menos mal que ella es la que se quería casar, porque yo... Yo le di a entender que no era necesario que nos casemos, pero ella no entendió o no se que onda. Obvio, tampoco daba para decírle de una: "Che, todo bien con que vamos a tener un bebé, pero recién tengo 25 años, no me quiero casar". Me hubiese matado. Me hubiese pegado... Capaz me mandaba una de esas cachetadas que me calientan. Como la vez que compré la Nintendo con la plata para las vacaciones.
Todo fue un malentendido. Porque José y Mario querían comprarse una Nintendo, pero en el laburo no les pagaban o no se que onda, porque nunca entendí en que trabajan. En fin, yo les ofrecí prestarles la plata que teníamos en la latita y después ellos me la devolvían, con intereses. Pero ella no se los banca a los chicos. Convengamos que tiene sus motivos. A ella le encantaba que yo salga con mis amigos. Una vez salimos juntos a una bailanta. Era joda. Yo siempre quise ir a una bailanta pero para ver no más. Se me acercó un gato terrible. Tenía unas tetas, una cola que ahhhhh. Y encima me bailaba con el ojete apretándome el bulto. Me calenté, soy hombre. Y como hombre asumí que estuve mal y le conté y le pedí disculpas pero bue. Desde esa vez no se los banca.
En fin, cuando fui a contarle a Guillermina que pensaba prestarles la plata a los chicos con intereses, empezó a gritarme, yo la mandé a la mierda, me pegó una cachetada con mucho ruido, yo la zamarreé, ella empezó a gemir y cuando quise acordar estábamos los dos en pelotas y...
Juro por mi vida que no sé que pasó. Miles de veces cogimos sin forro y siempre acababa afuera. Pero esa vez... Y ahora nos vamos a casar, si viene, porque ya se está pegando un lindo retraso, y eso me da miedo...
Menos mal que ella es la que se quería casar, porque yo... Yo le di a entender que no era necesario que nos casemos, pero ella no entendió o no se que onda. Obvio, tampoco daba para decírle de una: "Che, todo bien con que vamos a tener un bebé, pero recién tengo 25 años, no me quiero casar". Me hubiese matado. Me hubiese pegado... Capaz me mandaba una de esas cachetadas que me calientan. Como la vez que compré la Nintendo con la plata para las vacaciones.
Todo fue un malentendido. Porque José y Mario querían comprarse una Nintendo, pero en el laburo no les pagaban o no se que onda, porque nunca entendí en que trabajan. En fin, yo les ofrecí prestarles la plata que teníamos en la latita y después ellos me la devolvían, con intereses. Pero ella no se los banca a los chicos. Convengamos que tiene sus motivos. A ella le encantaba que yo salga con mis amigos. Una vez salimos juntos a una bailanta. Era joda. Yo siempre quise ir a una bailanta pero para ver no más. Se me acercó un gato terrible. Tenía unas tetas, una cola que ahhhhh. Y encima me bailaba con el ojete apretándome el bulto. Me calenté, soy hombre. Y como hombre asumí que estuve mal y le conté y le pedí disculpas pero bue. Desde esa vez no se los banca.
En fin, cuando fui a contarle a Guillermina que pensaba prestarles la plata a los chicos con intereses, empezó a gritarme, yo la mandé a la mierda, me pegó una cachetada con mucho ruido, yo la zamarreé, ella empezó a gemir y cuando quise acordar estábamos los dos en pelotas y...
Juro por mi vida que no sé que pasó. Miles de veces cogimos sin forro y siempre acababa afuera. Pero esa vez... Y ahora nos vamos a casar, si viene, porque ya se está pegando un lindo retraso, y eso me da miedo...
Problemas de comunicación. Capítulo : "Antes de entrar"
Justo cuando logré acomodarme en el asiento del auto, la duda en persona se presentó ante mí. Cuando ya me había acomodado, con lo grande que es éste vestido, me pregunto ¡¿no podría haber dudado antes?! No, no pude. Una vez más esperando al momento más inoportuno. Como aquella vez... Si no hubiese sid...
Todo comenzó por esa estúpida pelea, por una estúpida consola de videojuegos. Fue en junio, recuerdo el color de los árboles de la plaza. El plan era juntar una buena suma de dinero antes del verano, para viajar y vacacionar juntos en esa playa secreta que tantas veces mencionaron. Juntamos buena guita, no faltaba tanto. Sí, nos privamos de algunos gustitos, pero al fin y al cabo, valía la pena. Valía, porque después no valió más. Por culpa de sus roñosos amigos. Él siempre se deja llenar la cabeza por esos pelotudos y después claro, ellos se lavan las manos y nos terminamos puteando y...
Encima me pide que sea amable con ellos. Es un hijo de puta. Las veces que me habrá guampeado empedo por culpa de los pendejos esos. De él también, porque él me guampeó, pero si sus amigos fueran más ubicados... Él no es así, sólo es bastante pajero que se deja llevar por los amigos. Idiotas, no se dan cuenta que tienen casi 25 años. Cuarto siglo encima y no son capaces de razonar, pero ni una mierda son capaces de razonar.
Estoy segura que el día que se compraron la Nintendo el diálogo fue así:
-Che, Nacho, ¿y sí compramo' una Nintendo?
-Naa, ni da. Además con qué plata? Porque la plata de la latita no la toco ni empedo.
-Sí, dale, si en un mes o dos la recuperamos...
Y él que es taaaaan "bueno"...
Encima tiene el descaro de venir a decirme "Amooor, no sabés lo que compré con la plata de la latita..."; "pero quedate tranquila, si en un mes los chicos la juntan de vuelta y ya está".
Tendría que haberle pegado más fuerte. Tendría que haberle partido la cara del cachetazo. Pero no, le pegué despacio. Y él me empezó a sacudir. Le grité lo más fuerte que pude y el me sacudía de los brazos. Hijo de puta. Sabe que me caliento. Sacudón va, grito viene...
Fue el beso más hot de mi vida. Gracias al cielo que me haya besado así. El sexo de reconciliación es el mejor. Casi dos horas garchando. A lo bestia, sin cariño, sin amor. Lo único que nos pasaba por la mente era el placer, la lujuria.
Acabó adentro. No se cómo no me di cuenta, o él o quien sea. Tampoco nadie nos obliga a casarnos, somos grandes, pero bue...
Ahora ya es tarde. Ya estoy llegando a la Iglesia. De última, existe el divorcio.
Todo comenzó por esa estúpida pelea, por una estúpida consola de videojuegos. Fue en junio, recuerdo el color de los árboles de la plaza. El plan era juntar una buena suma de dinero antes del verano, para viajar y vacacionar juntos en esa playa secreta que tantas veces mencionaron. Juntamos buena guita, no faltaba tanto. Sí, nos privamos de algunos gustitos, pero al fin y al cabo, valía la pena. Valía, porque después no valió más. Por culpa de sus roñosos amigos. Él siempre se deja llenar la cabeza por esos pelotudos y después claro, ellos se lavan las manos y nos terminamos puteando y...
Encima me pide que sea amable con ellos. Es un hijo de puta. Las veces que me habrá guampeado empedo por culpa de los pendejos esos. De él también, porque él me guampeó, pero si sus amigos fueran más ubicados... Él no es así, sólo es bastante pajero que se deja llevar por los amigos. Idiotas, no se dan cuenta que tienen casi 25 años. Cuarto siglo encima y no son capaces de razonar, pero ni una mierda son capaces de razonar.
Estoy segura que el día que se compraron la Nintendo el diálogo fue así:
-Che, Nacho, ¿y sí compramo' una Nintendo?
-Naa, ni da. Además con qué plata? Porque la plata de la latita no la toco ni empedo.
-Sí, dale, si en un mes o dos la recuperamos...
Y él que es taaaaan "bueno"...
Encima tiene el descaro de venir a decirme "Amooor, no sabés lo que compré con la plata de la latita..."; "pero quedate tranquila, si en un mes los chicos la juntan de vuelta y ya está".
Tendría que haberle pegado más fuerte. Tendría que haberle partido la cara del cachetazo. Pero no, le pegué despacio. Y él me empezó a sacudir. Le grité lo más fuerte que pude y el me sacudía de los brazos. Hijo de puta. Sabe que me caliento. Sacudón va, grito viene...
Fue el beso más hot de mi vida. Gracias al cielo que me haya besado así. El sexo de reconciliación es el mejor. Casi dos horas garchando. A lo bestia, sin cariño, sin amor. Lo único que nos pasaba por la mente era el placer, la lujuria.
Acabó adentro. No se cómo no me di cuenta, o él o quien sea. Tampoco nadie nos obliga a casarnos, somos grandes, pero bue...
Ahora ya es tarde. Ya estoy llegando a la Iglesia. De última, existe el divorcio.
El sueño. Capítulo 1: "Ganas de soñar"
Había tenido un día perturbador. Nada en su vida había sido tan tediosos como aquel día. Vio la inmensa oscuridad del cielo, bostezó y luego, tomó el micro.
Le quedaban pocas monedas, pero fueron suficientes para acercarlo a su departamento. Ese monoambiente triste, húmedo, gastado que en los días de lluvia se goteaba y en verano retenía el calor. Un día tan húmedo y pesado como aquel, su casa no sería el mejor lugar para quedarse, pero no le importaba, sólo quería llegar.
Al bajar del micro no vio el charco de agua que ensució toda su pierna derecha. Si algo le faltaba antes que termine el día, era ensuciarse de esa manera. Blasfemó. Lo hizo muy fuerte. El perro de la esquina de su casa comenzó a ladrarle. Caminaba con tanta bronca, que sentía que de a poco su espalda comenzaba a contracturarse, sus músculos se entumecían.
La cerradura, siempre oxidada, hizo un crujido enorme. Parecía que en años nadie había abierto esa puerta. Para abrirla tuvo que levantarla un poco. La bisagra de abajo estaba rota y la humedad no ayudaba con el problema.
El reloj despertador daba las diez de la noche. Comenzó a prepararse una de esas sopas deshidratadas para cenar, pero a mitad del proceso desistió. Estaba tan cansado que sus ganas de acostarse eran más fuertes que su hambre. Optó por lavarse la cara con agua bien fría, higienizar sus dientes y finalmente, se puso el pijamas.
No, no tenía ganas de dormir preso de sus ropas, quería un poco de libertad, al fin y al cabo era viernes y el sábado no trabajaba hasta las seis de la tarde.
Boca arriba en su cama pensó un momento en Marta. Marta era su compañera de trabajo. Marta era insoportable. Marta caía en el prototipo de señora mayor de 50 años, que trata a todos con eufemismos. Casada, claro, sólo que su marido no hace más que mirar televisión, posiblemente para escapar de ella. Nunca tuvo hijos, por eso cree que cualquier hombre de menos de 37 está desprotegido en el mundo y descarga con ellos todo su instinto maternal sin uso. Marta no era tan mala, sólo que su eterno amor de madre atentaba directamente con los 33 años de Dante y él lo único que quería de ella era paz.
En un momento de sus pensamientos recordó un instante de su viaje en micro. Recordó a la mujer con perfume de lavandas. La mujer que viajó sentada delante de él gran parte del recorrido. Visualizó su peinado recojido que le permitía deleitarse con su cuello, que luz tras luz se volvía más hermoso.
Se quedó con la esencia en su mente, y cerrando suavemente sus ojos, durmió.
Le quedaban pocas monedas, pero fueron suficientes para acercarlo a su departamento. Ese monoambiente triste, húmedo, gastado que en los días de lluvia se goteaba y en verano retenía el calor. Un día tan húmedo y pesado como aquel, su casa no sería el mejor lugar para quedarse, pero no le importaba, sólo quería llegar.
Al bajar del micro no vio el charco de agua que ensució toda su pierna derecha. Si algo le faltaba antes que termine el día, era ensuciarse de esa manera. Blasfemó. Lo hizo muy fuerte. El perro de la esquina de su casa comenzó a ladrarle. Caminaba con tanta bronca, que sentía que de a poco su espalda comenzaba a contracturarse, sus músculos se entumecían.
La cerradura, siempre oxidada, hizo un crujido enorme. Parecía que en años nadie había abierto esa puerta. Para abrirla tuvo que levantarla un poco. La bisagra de abajo estaba rota y la humedad no ayudaba con el problema.
El reloj despertador daba las diez de la noche. Comenzó a prepararse una de esas sopas deshidratadas para cenar, pero a mitad del proceso desistió. Estaba tan cansado que sus ganas de acostarse eran más fuertes que su hambre. Optó por lavarse la cara con agua bien fría, higienizar sus dientes y finalmente, se puso el pijamas.
No, no tenía ganas de dormir preso de sus ropas, quería un poco de libertad, al fin y al cabo era viernes y el sábado no trabajaba hasta las seis de la tarde.
Boca arriba en su cama pensó un momento en Marta. Marta era su compañera de trabajo. Marta era insoportable. Marta caía en el prototipo de señora mayor de 50 años, que trata a todos con eufemismos. Casada, claro, sólo que su marido no hace más que mirar televisión, posiblemente para escapar de ella. Nunca tuvo hijos, por eso cree que cualquier hombre de menos de 37 está desprotegido en el mundo y descarga con ellos todo su instinto maternal sin uso. Marta no era tan mala, sólo que su eterno amor de madre atentaba directamente con los 33 años de Dante y él lo único que quería de ella era paz.
En un momento de sus pensamientos recordó un instante de su viaje en micro. Recordó a la mujer con perfume de lavandas. La mujer que viajó sentada delante de él gran parte del recorrido. Visualizó su peinado recojido que le permitía deleitarse con su cuello, que luz tras luz se volvía más hermoso.
Se quedó con la esencia en su mente, y cerrando suavemente sus ojos, durmió.
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