Se despertó más tarde de lo habitual. Se dió cuenta por el resplandor que entraba por la ventana. Miro el reloj en su celular. 8:36, decía el teléfono. Decidió, ya que estaba acostado, quedarse un rato más desperezándose. Volvió a mirar el teléfono. 8:36, decía el teléfono.
Fue ahí cuando se dio cuenta de que estaba muerto. Y sí, era obvio. Porque los relojes digitales no atrasan y menos se paran. Si hubiese tenido un reloj a cuerda, un reloj pedorro o lo que fuere... Pero su celular seguía funcionando, sólo que decía 8:36.
¡Qué extraño se siente estar muerto! En realidad, no sentía nada fuera de lo común. Bueno, se sentía un poco desilucionado. Por supuesto no iban a bajar un coro de ángeles a llevarlo. No con su profesión. Es más, siempre pensó que Satán vendría por él, a llevarlo en sus manos. No por ego, sino porque había oido que a los asesinos a sueldo viene a buscarlos personalmente.
Pero no conocía a nadie que realmente haya estado muerto. Es decir, nadie conoce a alguien que pueda afirmar como es estar muerto, porque quienes experimentaron tal sensación... están muertos. Algunos pueden decir que existe el más allá, el infierno, la reencarnación. No hay garantías. Y muchos menos para él, que estaba muerto con un teléfono que marcaba las 8:36.
Estar muerto era extraño. Tenía hambre, aunque no entendía como... recordemos, estaba muerto. Justo no había más leche. Tendría que ir a comprar, aunque se preguntaba si los vivos podrían verlo. Como no sabía las reglas, decidió vestirse. Una persona tan seria como él no querría arriesgarse a que lo vean en ropa de cama, aún después de la vida.
Se cruzó al supermercado de enfrente. Entró sin saludar, como todas las mañanas, tomó una caja de leche y se acercó a la caja. La cajera sólo se limaba las uñas. Él prefería ir al supermercado temprano porque no iba mucha gente. A esa hora, la cajera siempre le dedicaba el tiempo a sus uñas, hundida en sus pensamientos. Esta vez no lo vio. Hizo una modesta seña, luego se le acercó a la cara. Terminó por tocarle el brazo. Pero no lo vio. Claro, recordó, estaba muerto.
Fue ahí cuando se dio cuenta de que estaba muerto. Y sí, era obvio. Porque los relojes digitales no atrasan y menos se paran. Si hubiese tenido un reloj a cuerda, un reloj pedorro o lo que fuere... Pero su celular seguía funcionando, sólo que decía 8:36.
¡Qué extraño se siente estar muerto! En realidad, no sentía nada fuera de lo común. Bueno, se sentía un poco desilucionado. Por supuesto no iban a bajar un coro de ángeles a llevarlo. No con su profesión. Es más, siempre pensó que Satán vendría por él, a llevarlo en sus manos. No por ego, sino porque había oido que a los asesinos a sueldo viene a buscarlos personalmente.
Pero no conocía a nadie que realmente haya estado muerto. Es decir, nadie conoce a alguien que pueda afirmar como es estar muerto, porque quienes experimentaron tal sensación... están muertos. Algunos pueden decir que existe el más allá, el infierno, la reencarnación. No hay garantías. Y muchos menos para él, que estaba muerto con un teléfono que marcaba las 8:36.
Estar muerto era extraño. Tenía hambre, aunque no entendía como... recordemos, estaba muerto. Justo no había más leche. Tendría que ir a comprar, aunque se preguntaba si los vivos podrían verlo. Como no sabía las reglas, decidió vestirse. Una persona tan seria como él no querría arriesgarse a que lo vean en ropa de cama, aún después de la vida.
Se cruzó al supermercado de enfrente. Entró sin saludar, como todas las mañanas, tomó una caja de leche y se acercó a la caja. La cajera sólo se limaba las uñas. Él prefería ir al supermercado temprano porque no iba mucha gente. A esa hora, la cajera siempre le dedicaba el tiempo a sus uñas, hundida en sus pensamientos. Esta vez no lo vio. Hizo una modesta seña, luego se le acercó a la cara. Terminó por tocarle el brazo. Pero no lo vio. Claro, recordó, estaba muerto.
