Los cuentos son...

El sueño.
La historia de un chico que, agotado por su triste vida, duerme y sueña cosas que jamás habría imaginado, aún cosas simples, como ver el atardecer.

Problemas de comunicación.
La misma historia, el mismo hecho. Como dos personas ven su relación desde puntos de vistas diferentes. Lo que piensan y callan.

8:36.
Un asesino a sueldo murió. Pese a que siempre vivió de la muerte, todavía no entiende cómo es estar muerto. Y su celular solo marca una hora: 8:36

El sueño. Capítulo III: "La tormenta"

Intentó buscar refugio de la tormenta, pero en la inmensidad de esos campos sería inútil. Siguió por el sendero encorbado, cruzando las manos sobre su pecho y corriendo lo más fuerte posible. Pero el viento soplaba en contra y cada vez lo hacía más fuerte. El agua caía de una manera tan intensa que ya no podía ver más que a metros y los rayos, poderosos y crueles, se reflejaban en la misma lluvia, creando un resplandor que cegaba a Dante. El estruendo le daba pánico. Ya no podía seguir, optó por acurrucarse a un costado del camino, donde las plantas de lavanda, castigadas por el vendaval se acostaban unas sobre otras.
En posición fetal, se arroyó cuanto pudo. Con su cabeza sobre el barro, comenzó a llorar. Debía ser por sentirse inseguro, a la deriva. Ningún mal lo adolía, sin embargo, tenía muchas ganas de llorar. Lo hacía despacio, sintiendo como sus lágrimas se unían con las gotas que caían, mezclandose, yendo directamente hacia el lodo.
Perdió la noción del tiempo. La lluvia iba menguando, como si se acercase el ojo de la tormenta. Con las últimas gotas resonaba en su cabeza una canción de cuna, pero como si estuviese cantada por hadas, con dulces y agudas voces. No conocía esa canción, pero le gustaba, lo tranquilizaba.
Se levanto lentamente e intentó escurrirse sus ropas. El cielo ahora era blanco, con ese resplandor que obliga a achicar los ojos. Lo único que tenía color era esa nube con forma de muerte, que lo señalaba con su índice.
Volvió a caminar, sintiendo el peso de su ropa mojada, que también tenía barro. Siguió por aquel sendero en dirección al sur. El paisaje apenas cambiaba. A su lado aún había flores, sólo que hacia el horizonte se divisaban algunas montañas y a su derecha una especie de cabaña muy precaria.
Golpeó la puerta despacio, con miedo a derribar aquella puerta muy similar a la de su departamento. Se entreabrío. Dijo un "hola" un tanto ahogado y al no escuchar respuesta entró. Desde afuera no se entendía como fue capaz de mantenerse en pie en semejante temporal, pero por dentro se veía fuerte aunque sencilla. Se quitó toda su ropa y luego tomó una manta para abrigarse. La temperatura disminuía considerablemente. Decidió hacer fuego con los pedazos de tronco de la chimenea, pero su encendedor estaba arruinado y no encontraba fósforos por ningún sitio. Para ser sinceros tampoco buscó mucho, no se sentía a gusto revolviendo las pocas cosas que contenía la cabaña. Odiaba cuando Marta revisaba su escritorio en busca de algún ganchito.
Notó que la tormenta se reanudaba. Volvió a tenderse, pero no el suelo de madera, sino en la alfombra. Se tapó de pies a cabeza y recordando la dulce melodía de las hadas, cerró sus ojos