Había tenido un día perturbador. Nada en su vida había sido tan tediosos como aquel día. Vio la inmensa oscuridad del cielo, bostezó y luego, tomó el micro.
Le quedaban pocas monedas, pero fueron suficientes para acercarlo a su departamento. Ese monoambiente triste, húmedo, gastado que en los días de lluvia se goteaba y en verano retenía el calor. Un día tan húmedo y pesado como aquel, su casa no sería el mejor lugar para quedarse, pero no le importaba, sólo quería llegar.
Al bajar del micro no vio el charco de agua que ensució toda su pierna derecha. Si algo le faltaba antes que termine el día, era ensuciarse de esa manera. Blasfemó. Lo hizo muy fuerte. El perro de la esquina de su casa comenzó a ladrarle. Caminaba con tanta bronca, que sentía que de a poco su espalda comenzaba a contracturarse, sus músculos se entumecían.
La cerradura, siempre oxidada, hizo un crujido enorme. Parecía que en años nadie había abierto esa puerta. Para abrirla tuvo que levantarla un poco. La bisagra de abajo estaba rota y la humedad no ayudaba con el problema.
El reloj despertador daba las diez de la noche. Comenzó a prepararse una de esas sopas deshidratadas para cenar, pero a mitad del proceso desistió. Estaba tan cansado que sus ganas de acostarse eran más fuertes que su hambre. Optó por lavarse la cara con agua bien fría, higienizar sus dientes y finalmente, se puso el pijamas.
No, no tenía ganas de dormir preso de sus ropas, quería un poco de libertad, al fin y al cabo era viernes y el sábado no trabajaba hasta las seis de la tarde.
Boca arriba en su cama pensó un momento en Marta. Marta era su compañera de trabajo. Marta era insoportable. Marta caía en el prototipo de señora mayor de 50 años, que trata a todos con eufemismos. Casada, claro, sólo que su marido no hace más que mirar televisión, posiblemente para escapar de ella. Nunca tuvo hijos, por eso cree que cualquier hombre de menos de 37 está desprotegido en el mundo y descarga con ellos todo su instinto maternal sin uso. Marta no era tan mala, sólo que su eterno amor de madre atentaba directamente con los 33 años de Dante y él lo único que quería de ella era paz.
En un momento de sus pensamientos recordó un instante de su viaje en micro. Recordó a la mujer con perfume de lavandas. La mujer que viajó sentada delante de él gran parte del recorrido. Visualizó su peinado recojido que le permitía deleitarse con su cuello, que luz tras luz se volvía más hermoso.
Se quedó con la esencia en su mente, y cerrando suavemente sus ojos, durmió.
Le quedaban pocas monedas, pero fueron suficientes para acercarlo a su departamento. Ese monoambiente triste, húmedo, gastado que en los días de lluvia se goteaba y en verano retenía el calor. Un día tan húmedo y pesado como aquel, su casa no sería el mejor lugar para quedarse, pero no le importaba, sólo quería llegar.
Al bajar del micro no vio el charco de agua que ensució toda su pierna derecha. Si algo le faltaba antes que termine el día, era ensuciarse de esa manera. Blasfemó. Lo hizo muy fuerte. El perro de la esquina de su casa comenzó a ladrarle. Caminaba con tanta bronca, que sentía que de a poco su espalda comenzaba a contracturarse, sus músculos se entumecían.
La cerradura, siempre oxidada, hizo un crujido enorme. Parecía que en años nadie había abierto esa puerta. Para abrirla tuvo que levantarla un poco. La bisagra de abajo estaba rota y la humedad no ayudaba con el problema.
El reloj despertador daba las diez de la noche. Comenzó a prepararse una de esas sopas deshidratadas para cenar, pero a mitad del proceso desistió. Estaba tan cansado que sus ganas de acostarse eran más fuertes que su hambre. Optó por lavarse la cara con agua bien fría, higienizar sus dientes y finalmente, se puso el pijamas.
No, no tenía ganas de dormir preso de sus ropas, quería un poco de libertad, al fin y al cabo era viernes y el sábado no trabajaba hasta las seis de la tarde.
Boca arriba en su cama pensó un momento en Marta. Marta era su compañera de trabajo. Marta era insoportable. Marta caía en el prototipo de señora mayor de 50 años, que trata a todos con eufemismos. Casada, claro, sólo que su marido no hace más que mirar televisión, posiblemente para escapar de ella. Nunca tuvo hijos, por eso cree que cualquier hombre de menos de 37 está desprotegido en el mundo y descarga con ellos todo su instinto maternal sin uso. Marta no era tan mala, sólo que su eterno amor de madre atentaba directamente con los 33 años de Dante y él lo único que quería de ella era paz.
En un momento de sus pensamientos recordó un instante de su viaje en micro. Recordó a la mujer con perfume de lavandas. La mujer que viajó sentada delante de él gran parte del recorrido. Visualizó su peinado recojido que le permitía deleitarse con su cuello, que luz tras luz se volvía más hermoso.
Se quedó con la esencia en su mente, y cerrando suavemente sus ojos, durmió.
